Policiales: Osvaldo Aguirre

Policiales: Osvaldo Aguirre

Fotografía: Virginia Negri

En la tensi√≥n entre oralidad, escritura y mon√≥logo, el fragmento ‚ÄúGarc√≠a Jurado & Garc√≠a Jurado‚ÄĚ de la novela Waterloo, que Osvaldo Aguirre a√ļn conserva in√©dita, avanza sobre el mundo criminal desde la perspectiva conflictiva de un abogado defensor. De esta manera, antes que una novela que se clausura dentro de los l√≠mites del g√©nero policial, se abre a la potencia de un uso del policial para interrogar la narraci√≥n del mundo criminal desde el √°ngulo de la justicia. Lo policial emerge, as√≠, absorbido por el ritmo narrativo de una novela.

Los paisajes y visiones que se interpolan en este fragmento, as√≠ como las lagunas de pensamiento en las que nos sumerge, dotan de una complejidad hipn√≥tica a la escritura que relampaguea, incesantemente, peque√Īas aperturas a la visibilidad del problema dilem√°tico de la justicia como un negocio inescrupuloso o como una tarea humanitaria (a veces, impostada), as√≠ como respecto de las organizaciones del crimen. Ese uso del policial es, entonces, un modo de escritura que se desentiende de las morales bienpensantes en la construcci√≥n de unos personajes que, antes que h√©roes, se debaten en los subterfugios del crimen y de la violencia, donde toda √©tica se pervierte o carece de sentido.

En esta dirección, la entrevista que ofrecemos puede ser la ocasión para comprender, complejizar o, en todo caso, intersecar o hasta desarticular la escritura de ficción de Osvaldo Aguirre, con su reflexión sobre los usos del policial en la literatura argentina. Porque en ella, Aguirre analiza la productividad del policial en nuestra cultura, reflexiona sobre los vínculos con su escritura, ofrece un mapeo del policial contemporáneo  y, finalmente, nos invita al festival sobre policial, La Chicago Argentina. Rosario, crimen y violencia, que se llevará a cabo del 2 al 4 de octubre en el ECU.

Proponemos, entonces, una lectura que, a modo de un Aleph, se abra en bifurcaciones para diseminar el sentido en una red de articulaciones dispersas, pero sostenidas por un espacio com√ļn. Ustedes, lectores-visitantes-oyentes sabr√°n qu√© camino seguir.

 

García Jurado & García Jurado

Osvaldo Aguirre
Anoche, al volver a casa despu√©s de dejar a una amiga, vi una lechuza en un poste del alambrado p√ļblico. Me detuve para contemplarla, y sigui√≥ ah√≠, inm√≥vil, bien erguida, un rato. Al fin gir√≥ la cabeza, abri√≥ las alas y levant√≥ vuelo. Se alz√≥ con esfuerzo, como si arrastrara un lastre en las patas. La segu√≠ mirando hasta que se perdi√≥ en las sombras, en el esqueleto de una torre en construcci√≥n, sobre el r√≠o. Creo que fue la primera vez que vi una lechuza en la ciudad. En el campo por supuesto, cuando he estado de paseo. Pero en la ciudad, nunca. En esa zona quedan galpones y silos del viejo puerto, bald√≠os y terrenos a los que todav√≠a no ha llegado el af√°n de levantar edificios como cajas de zapatos apiladas unas sobre otras y ocupar el mayor espacio disponible junto a la costa. Tal vez alguna parte del ambiente sea favorable para que puedan vivir las lechuzas. Tal vez las lechuzas sean el s√≠mbolo de una vida m√°s elemental que se pierde irremediablemente ante lo que la gente considera un progreso. Llegu√© a casa, dej√© el auto en el garaje, y segu√≠a pensando en las lechuzas, en las cosas que se pierden y en D√°maso, como cada vez que recorro ese tramo de la avenida, la calle por donde ten√≠an que haber salido despu√©s del asalto al Policl√≠nico.

Pensaba en D√°maso como un tipo derecho. Cuando yo lo voy conociendo, cuando vamos viendo c√≥mo resolv√≠a el problema que le estaban haciendo por un banco, el Banco Filadelfia, una cueva de usureros que ca√≠an como buitres sobre jubilados y trabajadores precarizados, yo me doy cuenta que √©l es un tipo de ley. Me doy cuenta que su palabra tiene m√°s valor que cualquier papel, y que lo que √©l me pide es nada m√°s ni nada menos que eso, una palabra confiable. No descubro Am√©rica si digo que la ley y la justicia, como nos las quieren vender, son un fraude. No descubro Am√©rica, tampoco, si digo que la ley y la justicia sirven para hacer negocios, a veces a costa del estado, a veces a costa de los pobres. Hace treinta a√Īos que recorro los tribunales y puedo contar con los dedos de la mano las veces en que alguien me dijo buenos d√≠as y no minti√≥. Con los dedos de la mano puedo contar las veces en que al litigar la parte contraria actu√≥ con buena fe y con inter√©s genuino por su defendido. Hace treinta a√Īos, tengo un olfato muy afinado, enseguida saco a la gente falluta, a los que te palmean, te dicen doctor de ac√° doctor de all√° y a la primera de cambio te clavan un pu√Īal por la espalda. El abogado debe ser desinteresado y probo, dicen en el Colegio. Es bueno el chiste. Conozco otros. El abogado no debe aconsejar actos fraudulentos, dicen en el Colegio. Yo no me quiero mandar la parte, tampoco soy una carmelita descalza. Conozco las reglas del juego, y s√© que si en un punto no sigo las reglas mejor me quedo en mi casa o voy a predicar la revoluci√≥n socialista. Y tambi√©n s√© las cosas que se dicen de m√≠. Me dicen abogado de delincuentes. Est√° bien. No lo niego, al contrario. Soy un abogado de delincuentes y lo digo con orgullo. Si pudiera lo pondr√≠a en la placa, bien grande. Las mejores personas que conoc√≠ han sido delincuentes. Las m√°s honestas. Las que van al frente sin medias tintas. La placa dir√≠a Garc√≠a Jurado & Garc√≠a Jurado abogados de delincuentes. El Colegio me llam√≥ al decoro m√°s de una vez, pero a m√≠ me gustar√≠a que el presidente del Colegio, y el secretario, y los integrantes del tribunal de √©tica, tuvieran al menos una pizca de la decencia y de los cojones que tiene un buen delincuente.

Un buen delincuente no te pide un poder, no te pide una autorizaci√≥n, no toma una se√Īa. Se maneja con la palabra. Un buen delincuente puede prescindir de la infinidad de precauciones que tomamos hasta para cruzar la calle y que no significan m√°s que la desconfianza y el miedo que les tenemos a los dem√°s. El Colegio me pide recato, me recuerda el pundonor, el respeto debido a su se√Īor√≠a, pero yo quisiera preguntarles a los colegas de qu√© ley, de qu√© justicia me hablan. De la ley del gallinero. Que se pongan una mano en el coraz√≥n, me hablan de la ley del gallinero. Por eso no tengo el menor problema en defender a delincuentes y cada ma√Īana me puedo mirar en el espejo sin ponerme colorado. Un delincuente tiene que hacer de la necesidad virtud, es cierto. Un tipo que anda en la pesada no deja por escrito sus inversiones, sus movimientos, porque hacer algo as√≠ ser√≠a lo mismo que cavarse la fosa. Lo que est√° escrito circula, se reproduce sin control. Lo que est√° escrito es como una firma de la propia condena. La palabra dicha, en cambio, queda en la privacidad de la conversaci√≥n. Es lo que hablan dos personas y despu√©s es una cuesti√≥n de memoria, despu√©s nadie dice esta boca es m√≠a. Y cada uno sabe que est√° obligado a cumplir con lo que dijo. Est√° obligado porque si no es boleta. El que no sabe, el que se lleva por lo que piensan los periodistas, el Colegio, dice ah√≠ est√°, son asesinos. No. No sean boludos. Es que no hay nada m√°s importante que la palabra. Y faltar a la palabra es la muestra de desprecio m√°s grande que se puede hacer a un delincuente. Estoy hablando de un delincuente como D√°maso. No de esos muchachos que son monos con navaja, que salen armados y no saben lo que est√°n haciendo. Estoy hablando de un se√Īor delincuente, que no se degrada en la convivencia forzosa con polic√≠as y con penitenciarios, que atraviesa la experiencia de la c√°rcel como una prueba de la que sale m√°s entero, m√°s convencido, m√°s jugado.

El tema había estado en discusión en la cárcel de seguridad. Porque el asalto al Policlínico termina en un desastre y ellos se ponen a analizar los hechos. No es joda, hubo tres muertos. Y entre los muertos está Pedro Baltiérrez, el Gordo. Hay gente que se pone de pie cuando se pronuncia ese nombre. Pedro Baltiérrez, el Gordo, una leyenda del hampa. En la cárcel de seguridad tienen todo el tiempo por delante, ellos reconstruyen paso a paso los hechos. Y hay un punto en el que no se ponen de acuerdo. El punto es quien los entregó. Mosquito está seguro de que fue Marisa. Que lo hizo por despecho. Que ella dijo que lo iba a hacer mierda y hay testigos. Y Hugo dice que no, que no le pondría la firma, pero que pudo ser el Duque. En todo caso que él pone las manos en el fuego por Marisa. Y después del asalto nos venimos a enterar que el Duque es un militar retirado. O un ex militar, mejor dicho. Porque lo expulsan del Ejército por participar en el robo a un blindado. No lo expulsan porque estuvo en la joda durante la dictadura. No, lo expulsan por participar en un robo y, esto es de mi cosecha, por no repartir los beneficios para arriba. Podrán haberlo expulsado, pero un militar, un policía, un gendarme, nunca pierde los contactos, nunca deja de ser militar, policía, gendarme, y por eso en las cárceles no los mezclan con los otros presos, dice Hugo, porque si no después los devuelven en una bolsita de nailon. Yo no le pongo la firma, yo no tengo las pruebas, dice, pero y si era un infiltrado. Mosquito lo defiende al Duque. Podrá haber sido cualquier cosa antes pero con nosotros siempre fue de confianza, dice. Si era un infiltrado nos habría entregado antes. Y así siguen sin ponerse de acuerdo. Dámaso no opina. Esas son cosas que se resuelven cuando uno está afuera, dice. No opina salvo cuando tiene una agarrada fea con Jorge Silva, el Gitano. Porque Jorge Silva le echa en cara la derrota. Le dice que así no se puede trabajar. Se terminaron los tiempos románticos, dice. Hay que arreglar con la policía sí o sí, dice Jorge Silva, el Gitano. Los robos se arreglan en la comisaría, en la jefatura de zona, en la jefatura departamental. Y Dámaso le pregunta si la policía lo salvó de comerse el garrón por el secuestro de Pérez Armor. Le pregunta dónde están los que decían ser sus amigos. Le pregunta si sacó la cuenta de lo que le va a quedar del rescate. De lo que le va a quedar cuando termine de pagarle al abogado, un ave negra que le puso la policía para asegurarse de que siga con la boca cerrada. Jorge Silva le contesta que él, Dámaso, llevó a su gente a la derrota. Que la policía le coló un soplón en el Banco Filadelfia y que él, Dámaso, no aprendió la lección, porque le metieron otro soplón en el Policlínico, y el resultado fueron tres muertos. No, fue una agarrada fea y los tuvieron que separar.

Pero D√°maso sale m√°s entero de la c√°rcel. Como si hubiera pasado una prueba. Eso es lo primero que me llama la atenci√≥n despu√©s de la fuga. No pas√© este tiempo enjaulado para quedarme en el molde, me dice D√°maso. No me com√≠ las palizas en la Brigada de Investigaciones para que ahora me esconda como una rata, me dice. Le debo una al Gordo de Buenos Aires, dice, y se hace la se√Īal de la cruz sobre los labios, y le debo otra a Mosquito, que sigue encerrado, dice, y se hace la se√Īal de la cruz sobre los labios. Me acuerdo como si estuviera ahora ac√° enfrente m√≠o. Y de hecho lo ten√≠a ac√° enfrente m√≠o. Pero si yo dec√≠a que √©l estaba conmigo nadie me lo iba a creer. Iban a pensar que macaneaba. Lo buscaban por todas partes, hac√≠an controles en las rutas, se met√≠an en las villas de la ciudad, iban a otras provincias. Creo que hasta pidieron la captura a Interpol. Y lo ten√≠an frente a las narices.

 

D√°maso me avisa que tal d√≠a, a tal hora, va a estar tomando una gaseosa en un carrito del parque Independencia. Me avisa por tel√©fono a la casa de mi hijo, de Gustavo, porque piensa que puedo tener pinchado el tel√©fono. Y no se equivoca, despu√©s veo la s√°bana de las llamadas entrantes y las llamadas salientes del tel√©fono de mi estudio en el expediente del juzgado federal. Gustavo va a verme al caf√© de los tribunales, llega apurado, me dice D√°maso viene tal d√≠a. Tribunales era un quilombo, se acercaba la feria. Yo le digo par√°, par√° porque las paredes escuchan, y me lo llevo a la calle para que me cuente bien. En efecto, despu√©s lo veo a D√°maso tomando una gaseosa en el carrito y hablando de f√ļtbol, de cualquier cosa. Qu√© hac√©s ac√°, le digo, y me lo llevo pr√°cticamente de una oreja. Me lo llevo al estudio, porque es el lugar que tengo m√°s a mano, porque no pod√≠a meterlo en un taxi o recorrer la ciudad con un tipo cuya foto est√° saliendo en los diarios. Pero despu√©s, pens√°ndolo bien, llego a la conclusi√≥n de que lo mejor es que se quede ah√≠ por unos d√≠as, frente a los tribunales, porque es el lugar m√°s seguro, el lugar donde no lo van a buscar. El estudio tiene una puerta que sale a un ambiente, un departamento con las comodidades b√°sicas, una cama, una kitchenette, televisor con cable, una mesita. Un bul√≠n.

D√°maso pasa una semana en el estudio, en el bul√≠n. Se deja crecer el pelo y la barba, le doy ropa nueva, cambia bastante el aspecto. De d√≠a est√° encerrado y de noche salimos a cenar. Por ah√≠ vamos a un restaurante y en la televisi√≥n pasan que contin√ļa la b√ļsqueda de los peligrosos delincuentes que lograron escapar de la c√°rcel de seguridad. Por ah√≠ alguno hace un comentario en voz alta y nos quiere incluir en la conversaci√≥n, dice qu√© barbaridad, o el d√≠a del arquero los van a encontrar. Nosotros miramos la televisi√≥n, hacemos caras. Y en esos d√≠as hablamos bastante entre nosotros. Por eso me entero de c√≥mo escapan del operativo policial. D√°maso me cuenta algunas cosas. Y mientras cuenta me pide que trate de ubicar a Marisa.

La ma√Īana en que ellos consiguen escaparse yo me quedo dormido. Por eso me entero de la noticia pr√°cticamente en la cama. La noche anterior hab√≠a estado tomando unas copas en Panam√°, la whisker√≠a de la bajada hacia el r√≠o, la calle que sale de la Catedral, si es que uno viene del sur, la calle que hace una vuelta rara, como una ele, y termina en el edificio de la Aduana. Entonces me despierto tarde y con una jaqueca que me part√≠a la cabeza en dos. Me doy una ducha, me afeito y en eso escucho que en la radio hablan de una fuga cinematogr√°fica. Porque cuando me levanto en general prendo la radio. A las siete y cuarto puntual est√° el micro de noticias policiales de N√©stor G√≥mez, y para m√≠ es muy √ļtil escucharlo, por cuestiones de trabajo. Dos por tres aparece mencionado alguno de mis clientes, no quiero presumir pero tengo una cartera bastante grande. Esa ma√Īana me despierto a las ocho, a las ocho y cuarto, el micro ya hab√≠a pasado, pero escucho que N√©stor G√≥mez habla de una fuga y el primer nombre que mencionan es el de D√°maso. La puta que lo pari√≥, digo.

En el auto sigo escuchando la radio y trato de armar el rompecabezas. Ahora la historia es conocida. Pero en ese momento no se sabía qué carajo pasaba. Entonces voy a ver a Willy y a Fritz, a los alemanes. Ellos acababan de reabrir el taller. Carranza había removido cielo y tierra para dejarlos pegados con el robo al Policlínico, pero en el expediente no había nada contra ellos. Nada excepto la primera hoja, que es un acta donde se da cuenta de un llamado anónimo a la Brigada de Investigaciones donde se identifica a los que a la postre resultan detenidos en la causa. El supuesto informante menciona al pasar a los alemanes como personas de confianza de Dámaso. Por supuesto que yo pedí la nulidad, todos sabemos que la policía dibuja como llamados anónimos la carne podrida que le tiran los soplones. Y por supuesto que el juez se hizo un lindo abanico con mi pedido de nulidad. Carranza se agarra de ese supuesto llamado anónimo y los procesa por encubrimiento, aunque tiene que dejarlos en libertad. Carranza los aprieta con que los van a deportar, con que tiene un llamado de la embajada de Israel y otro del Ministerio del Interior, pero Willy y Fritz son de fierro, no sueltan una palabra. Y apenas vuelven a la calle reabren el taller. No miento si digo que no perdieron un solo cliente mientras estuvieron presos. Son dos genios, no necesitan abrir un auto para saber qué problema tiene, les alcanza con verlo andar, con escucharlo andar a la distancia.

Los alemanes también habían escuchado la radio. Estaban preocupados, pensaban que la policía iría a verlos. Eso me dice Willy, o Fritz, nunca los identifico, son iguales. Y con razón estaban preocupados, porque esa misma tarde fueron a apretarlos de la Brigada de Investigaciones, de Sustracción de Automotores, a decirles que si les escondían un dato, por más insignificante que pudiera ser, les iban a llenar el taller de autos robados y los iban a presentar como jefes de la mafia de los desarmaderos. Si les escondían un dato, Carranza les firmaba las órdenes que se les ocurriera para allanar a cuatro, cinco, diez clientes del taller y arruinarles de por vida la reputación. Willy, o Fritz, me jura que ellos no sabían nada, la fuga los había tomado por sorpresa, ellos pierden contacto cuando la Brigada lo detiene por el Policlínico y se llevan la cupé Torino y el Dodge Polara de Dámaso. De pronto me acuerdo que tenía que estar en tribunales, lo llamo a mi hijo, a Gustavo, y él me dice que ya sabía de la fuga y que, claro, habían suspendido la audiencia.

El celular viene por la autopista. Todo normal. Es un minib√ļs. Hay un guardia adelante, junto con el chofer, y otros dos guardias atr√°s. Los presos van en el medio, esposados. Est√° D√°maso, est√° Hugo, est√° el Negro Rizzo y est√°n otros tres presos que van a declarar por una causa equis. Todo normal. Pero cuando el celular pasa a la altura de San Lorenzo, por el acceso baja un mamerto a toda velocidad y se lo lleva puesto. El minib√ļs vuelca y un auto que viene atr√°s se lo traga. En medio de ese quilombo, como si se hubieran preparado, el Negro Rizzo reduce al guardia que va con el chofer y D√°maso y Hugo se encargan de los otros dos. Los guardias est√°n atontados, uno de ellos y el chofer quedan muy heridos por el choque. El Negro Rizzo hace que uno de los guardias les saque las esposas. Y adem√°s se quedan con las armas, los dejan atados y se pasan del otro lado de la autopista. El tr√°nsito est√° interrumpido, ellos aprovechan el quilombo y se pasan del otro lado. Se pasan justo cuando para un cami√≥n que lleva una carga al puerto de San Lorenzo. Todo ocurre en menos tiempo de lo que me lleva contarlo. D√°maso le habla al conductor del cami√≥n, le pide la gauchada. Ten√≠a experiencia en el trato con camioneros de la √©poca en que sal√≠a a la ruta. D√°maso se mov√≠a como pez en el agua en el tri√°ngulo de las Bermudas, conoc√≠a los atajos entre las rutas, los caminos vecinales, los lugares donde aguantarse. Fue el momento de la pirater√≠a del asfalto, una √©poca de oro que dur√≥ hasta que la polic√≠a se meti√≥ en el negocio. Hicieron fortunas, pero as√≠ como ganaron la plata la perdieron en mujeres, en autos, en fiestas.

El Negro Rizzo era de San Lorenzo, por lo que del puerto, donde los deja el camionero, √©l los lleva al viejo dep√≥sito de Duperial. Un galp√≥n que estaba abandonado y donde el Negro conoce al sereno. Es decir que cuando la polic√≠a llega a la autopista, se lleva de las pesta√Īas a los presos que iban a declarar por la causa equis y empieza a controlar el tr√°nsito ellos ya est√°n a salvo. Est√°n a salvo. Se mandan a guardar en el viejo dep√≥sito de Duperial, y cuando los estibadores se enteran de que el Negro se raj√≥ y anda otra vez por San Lorenzo lo buscan hasta que lo encuentran y lo reciben con los brazos abiertos, le preguntan qu√© es lo que necesita.

Eso me cuenta D√°maso y me dice acordate de lo que te ped√≠. Pero el problema no era ubicar a Marisa. Para qu√© la quer√©s ver, le digo. Marisa trabajaba en el Hospital Italiano, hac√≠a el mismo horario todos los d√≠as. Vos decile que necesito tener una conversaci√≥n, me contesta. Que por favor venga al estudio. Que no le voy a robar mucho tiempo. Ser√° que la est√°s extra√Īando, le digo. Yo pod√≠a levantar el tel√©fono, llamarla y decir hola Marisa. Pero antes quer√≠a estar seguro. Para m√≠ fue un error que √©l se metiera con la otra mina, con Silvia, aunque gustos son gustos y nunca le coment√© nada. Lo comprendo como hombre, porque uno ve√≠a a Silvia y se quedaba con la lengua afuera. Vos decile que necesito verla, me pide D√°maso. La veo y me guardo por un tiempo, dice. En San Lorenzo dorm√≠an sin ponerle llave a la puerta. El Negro Rizzo era muy querido en el sindicato de los estibadores, por poco lo reciben como un h√©roe. Si la polic√≠a de San Lorenzo se enteraba tampoco se iba a meter, no era su problema. Los estibadores les dan una gran mano, lo ubican a D√°maso en una casa, lo ponen a Hugo como encargado en el camping del sindicato. El Negro se queda en el viejo dep√≥sito de Duperial, porque tampoco conviene que se haga ver. Porque cuando los estibadores se ponen a disposici√≥n el Negro les dice yo para m√≠ no quiero nada, pero quiero que ayuden a estos amigos.

Mientras tanto ellos van hablando de lo que quieren hacer. En la c√°rcel de seguridad, entre otros proyectos, hab√≠a salido el tema de la Administraci√≥n de impuestos. Una noche se re√ļnen en el camping, hacen un asado, est√°n ellos, est√° Varela, el dirigente de los estibadores, y otros muchachos del sindicato. Varela es un hombre relacionado, puede hablar con un diputado, con un concejal, porque los estibadores hacen la campa√Īa en las elecciones, salen a pintar paredes, corren a los opositores. Ellos agradecen y dicen que no les est√° faltando nada. Varela habla a los postres, cuenta chistes, andan como chanchos. Ellos van hablando entre s√≠, tienen sus planes. La Administraci√≥n de impuestos est√° primera en la lista. Ellos van hablando, adem√°s hay un muchacho de San Lorenzo que quiere empezar, que quiere ver un poco c√≥mo es ese trabajo. Pero D√°maso, Hugo y el Negro no pod√≠an quedarse no digo en la ciudad. Ni siquiera en la zona pod√≠an quedarse. Aunque en San Lorenzo fueran a declararlos ciudadanos ilustres. Carranza y la Brigada de Investigaciones estaban con la sangre en el ojo. No les iban a perdonar nada. Ten√≠an que irse, borrarse por un tiempo, y eso es lo que yo le digo a D√°maso cuando viene a mi estudio, al bul√≠n. Hay lugares lindos para irse de vacaciones, le digo. Si quer√©s un consejo profesional, le digo, hay lugares lindos para irse de vacaciones. Me contaron que Necochea es muy tranquilo, le digo. Familias, parejas, seguridad. Me contaron que en las sierras hay muchos pueblos donde no pasa nada, le digo. D√°maso lo entiende perfectamente, pero antes quiere hablar con Marisa. Y al final la llamo y arreglamos para que venga un d√≠a, me acuerdo que fue un s√°bado a la ma√Īana, al estudio.