Martín Toyé (2010)

Porno-pensamientos sobre la pornografía gay de los años setenta y ochenta

Por Facundo Saxe

Orgías, descontrol, promiscuidad, liberación, subversión, disidencia, cuerpos, saliva, sudor, líquidos corporales. Y podemos seguir. Palabras que pueden (o no) referirnos a representaciones vinculadas a lo pornográfico, a miradas explícitas sobre los cuerpos y el contacto sexual. La pornografía es algo muy complejo. Es un lenguaje, un objeto, una categoría, algo que inquieta a conservadores y progresistas (posiciones pro-porno, anti-porno, feminismos, religiones, etc., se han peleado por la pornografía en un sentido amplio). No es un tema sencillo del que escribir. Es algo que tiene una complejidad que nos hace pensar en múltiples perspectivas. Vamos a intentar meternos en algunas vetas de esa complejidad para pensar las representaciones de la pornografía en los textos culturales.
Antes, una aclaración: lo que me interesa pensar es la pornografía gay de los años setenta (en Estados Unidos) y su adaptación en los ochenta en el contexto de la crisis del VIH-Sida. Podemos sencillamente ponernos en un posición anti-porno y sumarnos a la famosa frase “la pornografía es la teoría, la violación es la práctica.” Por supuesto que la pornografía heterosexual (y heteronormativa) masiva en general es espantosamente misógina, patriarcal, disciplinadora de los cuerpos y reproductora de lo peor de la práctica sexual binaria varón-mujer. Es una parte medular de un mercado de disciplinamiento y esclavitud del cuerpo que mueve millones de dólares. Pero no es esa pornografía la que me interesa. Me interesa que pensemos la pornografía (gay) de los años setenta como emergente de la revolución sexual y como correlato de la liberación gay-lésbica pos-Stonewall. Por supuesto que la pornografía gay hoy en día también se ha convertido en un mercado manejado por el capitalismo y el disciplinamiento de cuerpos y deseos, pero hay ciertas características en el nacimiento de la pornografía de los setenta y su pasaje a los ochenta que nos pueden hacer reflexionar sobre el régimen farmacopornográfico (en términos de Beatriz Preciado) y el control, disciplinamiento y normalización de los cuerpos y las prácticas sexuales.
Vamos a recorrer algunos puntos diversos sobre la pornografía gay de los años setenta y ochenta y su influencia en las representaciones culturales. No pretendo ser exhaustivo, ya que estamos ante un tema que implica un abordaje complejo y sólo quiero pensar algunas ideas sobre la pornografía gay y sus implicancias culturales y políticas.

Creando textos porno

Algunas de las manifestaciones de la pornografía gay de los años setenta pueden servir como antecedente para el movimiento posporno (ya vamos a intentar ver de qué se trata) o para pensar la presencia de la pornografía en representaciones no leídas tradicionalmente como pornográficas, como pueden ser algunas obras de autores tan diferentes como Ralf König, Tom Spanbauer, Cristina Peri Rossi, Eduardo Mendicutti o Bruce LaBruce (bueno, este último sí es leído como pornográfico, o más bien lo podemos pensar como pospornográfico). Hay que remarcar la importancia de la manifestación pornográfica gay para muchos de los textos culturales producidos en los años ochenta y noventa, que se nutren de la representación ficcional de lo que hasta ese momento no accedía a la visibilización pública: la representación explícita de prácticas sexuales gay.

Martín Toyé (2010)

Martín Toyé (2010)

Porno-guerras del sexo

Los años ochenta fueron una época atravesada por conflictos de la militancia, por el acceso a espacios políticos institucionalizados, por la normalización de las prácticas sexuales disidentes y por la crisis del VIH-Sida. Desde fines de los setenta y con diferentes debates y polémicas se produce en el feminismo lo que se conoció como las “Sex Wars”, una serie de debates acerca del lugar del feminismo respecto a la subversión de las identidades, los posicionamientos identitarios y la sexualidad lesbianas, la pornografía y las políticas trans (resumiendo muchísimo un debate complejo). En ese conflicto, las posiciones fueron muy extremas, y respecto al debate sobre la pornografía el feminismo se dividió en lo que se conocieron como posiciones pro-porno y anti-porno. El problema complejo de estos posicionamientos era que el rechazo de toda la pornografía (por misógina y patriarcal) implicaba también el rechazo de manifestaciones pornográficas del lesbianismo sadomasoquista (SM) o de la pornografía gay no mainstream (por poner dos ejemplos). No vamos a discutir las “Sex Wars”, pero hay que tener en cuenta que la pornografía y su influencia social fueron capitales para este debate que generó posiciones extremas en el feminismo. Por ejemplo, la posición anti-porno manifestaba que no todas las representaciones pornográficas eran misóginas (aunque el porno heterosexual mainstream en un caudal inmenso lo fuera) y que existían manifestaciones más complejas que se posicionaban desde otros lugares. Ciertas representaciones pornográficas, como las de la sexualidad SM lésbico-gay, no son fácilmente asimilables a la pornografía masiva, porque rompen con el disciplinamiento y normalización de la sexualidad. En ellas se disemina el cuerpo y se erotizan partes corporales diferentes a la genitalidad normativa del porno heterosexual. Pensemos por ejemplo en el SM gay y la ruptura que implicaba (en las representaciones pornográficas de los setenta) el uso de la mano o el brazo en el fist-fucking.

Porno-Preciado

En la importancia de la pornografía para las representaciones culturales me parece interesante pensar en las palabras de Beatriz Preciado: “la pornografía se ha convertido a partir de los años setenta en un espacio crucial de análisis, crítica y reapropiación para las micropolíticas de género, raza y sexualidad”. Preciado, siguiendo a otra estudiosa de la pornografía, Linda Williams, marca que la “felación” y la eyaculación visible, que son características de la representación pornográfica heterosexual, tienen su origen en la pornografía gay de los años setenta, en particular en Boys in the Sand (1971, Wakefield Poole), el primer gran suceso de público en el cine porno gay. Para Williams, el porno gay es la vanguardia de la representación pornográfica, ya que introduce nuevas formas de representación que luego fueron normalizadas para ser difundidas en la pornografía heterosexual mainstream dominante. En otras palabras, lo que señalan Preciado y Williams es que la escena del porno heterosexual de felación y eyaculación visible es deudora de la pornografía gay y no original de la manifestación pornográfica heterosexual.

El porno gay como visibilización de la liberación gay-lésbica

La pornografía gay de los años setenta funciona como posibilidad de expresión de la liberación gay y la visibilización de la práctica sexual. Pero también existe pornografía disidente que se aleja de lo establecido y genera una ruptura con las representaciones dominantes. En el modelo gay de los años setenta, la pornografía gay tiene una función que se puede apreciar en muchos textos culturales producidos en esa época y en los años ochenta: como señala David Halperin, antes del modelo gay (digamos, antes de Stonewall) las representaciones de sexo y erotismo homosexual debían esconderse, estaban “en el closet”. Pero después de la liberación sexual, la pornografía gay se volvió visible, expuesta, explícita, una forma de visibilizar lo abyecto y lo prohibido por el sistema en décadas anteriores (que no quiere decir que no hubiera pornografía gay antes de los setenta, sólo que la visibilización era diferente).
Para pensar cómo se diferencia la pornografía gay del porno heterosexual es interesante considerar el lugar de lo “anal” en la representación pornográfica. Ya en los ochenta, Richard Dyer habla del placer del sexo anal en la narrativa pornográfica gay (visual, cinematográfica) y cómo ésta se ordena en torno a la figura del ano masculino, lo que contradice todo un sistema (pensemos en Preciado y el terror anal) de representación masculina heterosexual tradicional, ya que el ano masculino se erotiza desde el placer. Para Dyer, la pornografía gay de los setenta es un legado del movimiento de liberación gay-lésbica.
La liberación sexual de los años setenta tiene consecuencias para la representación pornográfica y el surgimiento de una industria cinematográfica de la pornografía en los Estados Unidos. El movimiento de liberación gay tiene una influencia directa sobre la pornografía gay de los años setenta, ya que la representación sexual explícita del modelo gay se convierte en una consecuencia presente en la pornografía. En ese sentido, la pornografía gay de los años setenta se convierte en un dispositivo de difusión del modelo gay a nivel global.
La pornografía y los filmes pornográficos fueron parte capital de los discursos sobre sexualidad que emergieron en la revolución sexual de los años setenta. En ese marco y en consonancia con el surgimiento del movimiento de liberación gay-lésbico norteamericano, se produce la génesis de la pornografía gay masculina en un sentido moderno. De acuerdo a Jeffrey Escoffier, la creciente aceptación de la pornografía durante los sesenta y setenta jugó un rol importante en las vidas sexuales de los varones gay. La visibilización de la pornografía gay ayudó a legitimizar representaciones visuales de imágenes homoeróticas masculinas y el sexo gay. En cierta forma, la emergencia de la pornografía gay masculina fue una forma de visibilizar las prácticas sexuales de la comunidad gay.

Porno-orígenes gay: ahora hablamos de películas porno de los setenta

Parte de lo que surge, al menos en la pornografía gay primigenia de los años setenta, proviene de obras de artistas contraculturales o producto del underground: los films de creadores como Kenneth Anger, Jack Smith o Andy Warhol toman la cultura erótica homosexual que emerge en los cincuenta y la acercan a fenómenos culturales del underground. Las primeras manifestaciones de la pornografía gay de los setenta están ancladas en el movimiento de liberación gay-lésbica y el surgimiento del modelo gay. Jeffrey Escoffier nos recuerda el ejemplo del film LA Plays Itself (1972, Fred Halsted), en el que no estamos ante una mera producción pornográfica de mercado orientada a la comunidad gay: la representación visual pone en escena por primera vez prácticas como el fist-fucking o exhibe la rebelión del “gay power” (se ven en el film grafitis que gritan “gay power”). Este film fue, junto con Boys in the Sand (1971, Wakefield Poole), una de las primeras películas pornográficas que trasciende del submundo de la pornografía y tiene difusión en la prensa mainstream. Y son parte de un proceso que define a un tipo de pornografía como una tendencia cultural de principios de los años setenta. Boys in the Sand fue un gran éxito, se trata del primer film pornográfico gay explícito que tuvo anuncios en el New York Times y estuvo en la lista de los cincuenta filmes más vistos de Variety’s por casi tres meses. El film catapultó a su estrella, Casey Donovan como la primera estrella del porno gay. El éxito masivo de las primeras manifestaciones del porno gay de los años setenta abre el mercado pornográfico gay a los cines gay, nuevos espacios de intercambio sexual y sociabilización, todo bajo el amparo de la nueva identidad gay que estaba emergiendo.
La década de los setenta se cierra con uno de los films pornográficos más importantes de los años setenta y de la historia de la industria del porno gay, The Other Side of Aspen (1978, Bill Clayton). La idea surge a partir del deseo de Chuck Holmes de reunir a los mayores íconos del porno de ese momento, pensando en la reunión de tres generaciones de performers (vamos a decirle performers a los actores del porno, suena lindo) del porno gay.
Este film representó el avance de la revolución sexual en Estados Unidos y cómo el modelo gay fue parte de ese proceso que se desarrolló en los años setenta. En cierto modo, es un ejemplo de lo que, en los ochenta y ante la crisis del VIH-Sida, se perdió y sería añorado, la libertad sexual perdida ante la enfermedad y el avance de la derecha conservadora y las políticas normalizadoras. Los setenta como época de libertad y celebración del cuerpo, del sexo como algo que no debía estar escondido, de la promiscuidad como valor estructural del modelo gay, son algunas de las cuestiones del modelo gay que fueron atacadas durante la crisis del VIH-Sida. El éxito de The Other Side of Aspen es descomunal, pensemos que estamos en la época del super 8, no existía el VHS, que cambiaría el modo de circulación de la pornografía en los ochenta. Esta película marca un cierre, el fin de una década y el comienzo de un mercado masivo de la pornografía gay que tendría que afrontar la crisis del VIH-Sida y la patologización de las prácticas sexuales gay.
The Other Side of Aspen reúne a varios porno-star de la época que nos sirven para pensar lo que ocurre con el porno gay en los años ochenta. Por un lado, Casey Donovan, catapultado a la fama por Boys in the Sand; por otro, a Al Parker, que se convierte hacia fines de los setenta y principios de los ochenta en uno de los mayores íconos de la pornografía gay (el mayor, se podría decir, al menos si vemos, por ejemplo, las historietas de Ralf König).

Al Parker, ícono porno, ícono gay

Parker es un ejemplo clave para pensar la irrupción del VIH-Sida en el modelo gay y en la pornografía que representaba visible y públicamente las prácticas sexuales disidentes de la comunidad LGBTIQ de los años setenta. Hacia fines de los ochenta, Al Parker, el performer más popular, productor y director de películas pornográficas, se retira del trabajo. Cierra Surge Studios (su productora pornográfica, una de las primeras en establecer filmes pornográficos que utilizaban preservativos) cuando su compañero, socio y amante muere de VIH-Sida en 1987. Con declaraciones que ya nos suenan conocidas, Al Parker sufre, como el resto de los performers del porno gay, la catástrofe de la enfermedad: “Estaba viviendo un tiempo maravilloso hasta que llegó esta enfermedad”. Parker, en virtud de su carácter de ícono, se vuelve una voz que previene sobre el uso de preservativos para evitar la enfermedad. Filma cortos que propiciaban el uso de preservativos que eran utilizados como campaña de concientización en las películas pornográficas. Al Parker muere de Sida en los noventa.

Y nacen los Porn Studies

En los ochenta, el debate sobre la pornografía tuvo consecuencias importantes para el campo académico y los estudios sobre pornografía. A nivel social, la irrupción del VIH-Sida generó un rebrote de políticas conservadoras y heterosexuales que fueron en contra de los avances de género y liberación sexual logrados en los años setenta. Incluso las agrupaciones gay-lésbicas articularon políticas sexuales que buscaban la normalización. Como indica Tom Waugh, el debate se cruzó con la cuestión del momento conservador ante la crisis del VIH-Sida y se potenciaron las prohibiciones o limitaciones. Ante el momento conservador, estudios académicos abordaron la pornografía como material cultural: como nos indica Beatriz Preciado, un conjunto de investigadores de la literatura y el cine como William Kendrick, Richard Dyer, Linda Williams o Thomas Waugh trabajaron en sus investigaciones sobre la relación entre cuerpo, mirada, placer y representación pornográfica. En ese contexto crítico, se puede hablar de la emergencia de los Porn Studies, en un proceso que va desde fines de los ochenta hasta el siglo XXI, como un espacio en el que el análisis histórico, cultural, cinematográfico y político de la pornografía es posible.

Martín Toyé (2010)

Martín Toyé (2010)

Y por fin el posporno

Javier Sáez dice que así como el porno es un género cinematográfico que produce género binario masculino/femenino, el posporno es un dispositivo diferente. Sáez habla del posporno como un subgénero que desafía el sistema de producción de género que desterritorializa el cuerpo sexuado, y coloca al fist-fucking (como desplazamiento de la corporalidad sexual de los genitales a cualquier parte del cuerpo) como un ejemplo para pensar el mismo. El posporno, como movimiento, herramienta y dispositivo, va en contra de lo que dicta la pornografía tradicional, que impone roles de género binarios y misóginos y estereotipos corporales que ponen a la mujer en un estado de sumisión y esclavitud respecto al hombre. La pornografía tradicional está enfocada en la mirada masculina y heterosexual. Beatriz Preciado trabaja sobre el porno para pensar su incidencia social y el lugar que puede ocupar el posporno. Según Preciado, la mejor forma de combatir la pornografía heterosexual no es la prohibición o la censura, sino la apropiación de los dispositivos de la pornografía para visibilizar representaciones subversivas del género y la sexualidad.
La performer Annie Sprinkle utiliza el término por primera vez y se convierte en la figura indiscutible del movimiento pospornográfico. El término no es un invento de Sprinkle, es una palabra inventada para describir una nueva forma de representación de la sexualidad que busca evitar la reducción del sexo a los discursos de la anatomía médica (como un espacio de producción de saber público sobre el cuerpo y la distinción entre normalidad y patología) y la pornografía (como una técnica visual masturbatoria dirigida a la mirada masculina heterosexual). De acuerdo a los lineamientos de Preciado, la pospornografía es el nombre de estrategias de crítica e intervención en las representaciones pornográficas, es una reacción de las revoluciones feministas, homosexuales y queer frente los dispositivos pornográficos y las técnicas sexopolíticas de control del cuerpo y de la producción de placer. Preciado introduce una genealogía pospornográfica que incluye un itinerario que va desde Jean Genet, Andy Warhol, Kenneth Anger y Veronica Vera hasta Annie Sprinkle y que se manifiesta como representaciones que critican e intervienen sobre el dispositivo pornográfico para deconstruir la norma heterosexual masculina.
El posporno deviene un dispositivo potente para deconstruir la representación pornográfica tradicional, apropiarse de la misma para convertirla en una herramienta desestabilizante del heterosexismo y los géneros binarios, masculinistas y represivos. En ese sentido, el uso que hacen ciertas obras de los años ochenta sobre la pornografía gay de los años setenta y ochenta puede ser clave para pensar usos disruptivos de lo pornográfico (gay) cercanos al dispositivo pospornográfico.

El porno gay y la crisis del VIH-Sida en los ochenta

En 1983 se estrena Class Reunion (1983, William Higgins), que reunió a estrellas porno de varias generaciones en una orgía cinematográfica. Pero para esa fecha la crisis del VIH-Sida empezaba a tener sus efectos. La película no representaba ningún cambio respecto a manifestaciones pornográficas gay anteriores, pero ante la enfermedad, se la acusó de promover el VIH-Sida por incentivar la promiscuidad y las orgías desenfrenadas (que no eran un objeto “criticable” en el mismo sentido hasta antes de la llegada del VIH-Sida). La promiscuidad sexual del modelo gay fue uno de los puntos a atacar en los ochenta ante las políticas conservadoras y normalizadoras que desató el VIH-Sida. Lo que está representado en Class Reunion, de acuerdo a Escoffier, resume la exuberancia y la promiscuidad que existía antes del VIH-Sida, las orgías como eventos de la comunidad, las convenciones sociales que desaparecían ante la libertad sexual en todos los sentidos. El sexo anal y la promiscuidad fueron dos de las prácticas gay más vilipendiadas por el pánico “moral”. El discurso se volvió conservador y pro-familia, en lugar de fomentar la prevención, se focalizó en la promiscuidad como un valor negativo y destructivo.
Desde el comienzo de la epidemia de VIH-Sida en 1981, las prácticas sexuales de la comunidad gay fueron objeto de debate y prejuicio. El sexo anal hacia fines de los setenta era la clave para pensar la representación del sexo en la pornografía gay, en conjunto con un modelo de deseo sexual gay masculino versátil respecto a los roles y focalizado en el ano. El lugar de la pornografía gay en las prácticas sexuales y el peligro del VIH-Sida se convirtió en un tema complejo y difícil de resolver. En 1985 la discusión sobre la posibilidad del uso de la pornografía gay como modelo de utilización preventiva del condón era parte de la discusión del activismo del VIH-Sida y la comunidad gay. La discusión pasó a si las prácticas eran más seguras en el set porno o no, si había que usar condones y si servía como ejemplo el porno seguro o se perdía la celebración sexual del hombre gay, una celebración de lo gay. Mientras los productores discutían sobre el porno gay, en el congreso norteamericano se discutía sobre los fondos para la educación y prevención sobre el VIH-Sida. El 11 de octubre de 1983, medio millón de personas de la comunidad LGBTIQ marcharon en una concentración en Washington, D.C. por los derechos civiles y en protesta contra la administración Reagan en su falla para actuar propiamente contra la epidemia de VIH-Sida.

Porno-diferencias políticas para terminar

Para principios de los años noventa, los productores de pornografía gay empezaron a mostrar, luego del debate acerca del uso de preservativos y la posibilidad de que funcionaran como ejemplos preventivos, los condones en los videos. Este cambio se da gradualmente entre 1987 y 1990. El cambio en la industria tuvo que ver con la posibilidad de erotizar el “sexo seguro” y como forma de protección entre los diferentes performers.
El mundo de la pornografía gay adopta el preservativo o condón como forma visible de difundir los modos de prevención del VIH-Sida. Es interesante contrastar con lo que ocurre con la industria de pornografía heterosexual, donde eligen no utilizar condones y se reemplazan por un supuesto control sanitario estricto de enfermedades venéreas y pruebas de VIH. Según Escoffier, la industria heterosexual eligió emplear sólo performers sanos mientras que en el porno gay se utiliza el “sexo seguro” para “educar el deseo”, pero sin intervenir en el estado serológico de los performers. La industria heterosexual supuestamente establece estos controles sanitarios estrictos sobre VIH y otras enfermedades venéreas (Podríamos confrontar todo esto con el progresivo abandono del uso de preservativos hoy en día en la industria pornográfica gay, el porno “bareback”, pero esa ya es otra historia).
Para terminar con esta serie de puntos sobre la pornografía me interesa detenerme en esto último. Las preguntas que me hago es: ¿por qué la diferencia de elección de formas de prevención para el VIH-Sida en la industria pornográfica heterosexual y la gay? ¿Por qué en el porno heterosexual el uso de preservativos queda descartado ante controles sanitarios estrictos? Es claro que la posición de la industria pornográfica gay se articula en un uso “educativo” de lo pornográfico como forma de instaurar los métodos de prevención en la comunidad gay masculina (además de evitar el contagio de los performers ya infectados que mueren en un número muy alto en los ochenta y principios de los noventa, recordemos por ejemplo que Al Parker muere de VIH-Sida en 1992) ¿Por qué no se utilizó la misma disposición en ambas industrias? Una respuesta posible puede ser que, más allá de los discursos, hacia fines de los años ochenta, el VIH-Sida seguía siendo considerado una enfermedad gay. Otra respuesta puede ser que el sistema conservador y heterosexual triunfa en algún sentido en la represión de las libertades implicadas en las prácticas sexuales de los años setenta, gracias al surgimiento de la enfermedad y su construcción como una enfermedad moral y física de la comunidad gay. Y más preguntas: ¿fueron exitosos los controles sanitarios? ¿O las sucesivas crisis sanitarias y contagios por VIH-Sida en la industria pornográfica heterosexual en los años noventa podrían haber sido evitadas? ¿Importan menos las vidas de los performers heterosexuales? ¿Importan menos las actrices porno muertas en los años noventa, muertes silenciadas, olvidadas, elididas? En un punto, la construcción de la enfermedad gay puede haber continuado en las decisiones de la industria pornográfica, la enfermedad era una enfermedad gay, y eso le costó la vida no sólo a los sujetos abyectos, los pacientes gay, sino también a los performers heterosexuales, a cuerpos heterosexuales descartables para el sistema. Porque lo importante siempre fue una sola cosa: crear una enfermedad que viniera a exterminar a los abyectos, a los “monstruos”. Los “normales” no murieron de VIH-Sida. Había controles sanitarios estrictos.
La perfomer Annie Sprinkle es elocuente respecto a lo que significó el Sida en la industria pornográfica: “¿El Sida alteró mi vida? Oh, totalmente, radicalmente, drásticamente. Era como si hubiéramos tenido esta gran, fabulosa orgía, y entonces de repente se terminó. La gente estaba en el hospital; la gente se moría. Había funerales. Se sentía como si hubiéramos ido a la guerra”.
La pornografía gay de los años setenta se convierte en un discurso que es correlato de la liberación gay-lésbica de la misma década, ese germen de disidencia que existe en algunas de las manifestaciones pornográficas de los setenta se cuela en diferentes textos culturales que recurren a lo pornográfico (gay) como un espacio de liberación, de celebración de la promiscuidad y de la práctica sexual disidente y no normativa. Por algo en los autores que reciben la influencia del movimiento gay (y la pornografía gay de la época) los nombres de performers como Al Parker o películas como las mencionadas se convierten en símbolos de libertad, liberación, orgía, promiscuidad y todo lo que las políticas conservadoras quisieron destruir. Pero no pudieron.

Fotografías:
Martín Toyé (martintoye.com)
Despertando (201o)
Tensional (2010)
Zig Zag (2010)