Volvernos juntos: la marcha a Comodoro Py y la evocación del otro

Volvernos juntos: la marcha a Comodoro Py y la evocación del otro

Por Esteba Dipaola
Dibujo: Germán Ledesma

El tiempo nunca viene porque es lo siempre a venir, aquello que no ha llegado nunca por cuanto su condición es estar siempre llegando. Jacques Derrida nos remite al tiempo del mesías, que es el tiempo de Marx –añade–, de todos los Marx posibles, los infinitos. También podríamos reflexionar de similar manera tomando como tema al amor.

Una marcha es algo de eso: ritos de pasaje sobre un tiempo que nunca llega y un andar, caminar hacia el amor para nunca alcanzarlo, porque está siempre viniendo y renovándose. Sobre ese marchar entre el tiempo y el amor propongo desplazar y compartir algunas palabras, que, en el mejor de los casos, tampoco lleguen y abran sus sentidos hacia otros laterales que sirvan como huida, flujo o robo de pequeños instantes de tiempo.

Pequeños instantes de tiempo superviven en las marchas. Nunca se va a una marcha por obligación, ni es el peyorativo chori el que convoca, se asiste en la evocación y vocación de un encuentro, la evocación de sensibilidades que perpetúan los pequeños instantes en dosis de memoria. Marchar no es solo caminar, es hacerlo junto a otros y sobre ello gestar una proximidad: el otro es el que viene, entonces, para nunca llegar porque voy con él y, de esa manera, vamos. Marchar es evocar una alteridad que me hace venir a eso otro que soy cuando somos. Marchar es el pequeño instante en el que una comunidad camina para hacer venir a lo que siempre está llegando.

Desde esta manera en que lo escribimos sin anunciarlo debe comprenderse y pronunciarse ese vamos a volver que recita una promesa, el adelanto de un instante que está siempre viniendo. Si vamos a volver no es sencillamente una consigna que busca repetir la fantasía de un pasado añorado y, en cambio, guarda consigo la promesa de una diferencia, de un otro que está siempre llegando, de una patria es el otro como horizonte, entonces, vamos a volver clama un tenor político que sitúa sensibilidades capaces de componer y abrir un instante nuevo de la comunidad política que somos marchando.

Esa experiencia germinó en la multitudinaria marcha a Comodoro Py en apoyo a la ex presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner (todavía llamada presidenta por quienes a ella adherimos y apoyamos, pero también por una oposición que entre fallidos varios rectifica la argentinidad que le cabe a la práctica psicoanalítica). Una marcha a la que concurrieron muchas personas y que significó una corriente de emocionalidad desprendida entre cantos, gritos y llantos. En Buenos Aires la marcha se vivió entre las calles, con personas que descendían de colectivos que lejos del lugar de encuentro las dejaban y emprendían el camino bajo la lluvia y el frío para estar presentes allí donde retornaba aquello que nunca llega porque está siempre viniendo. El encuentro en las inmediaciones de los tribunales federales de Comodoro Py enseñaba la alegría y la necesidad de volver a estar. Mientras esa mañana la lluvia no cesaba, bajo los paraguas toda la gente cantaba, gritaba: “¡Vamos Cristina!” “¡Te amamos, Cris!”. Y sí: ooooohh, vamos a volver, a volver, a volver, vamos a volver. Estábamos todos allí, un poco volviendo, reconociéndonos nuevamente. Habíamos estado el 9 de diciembre del año anterior para acompañarla en su despedida y estábamos en los tribunales para volver a verla y escucharla, para sentirla cerca ese lluvioso y fresco 13 de abril.

Entre esas dos manifestaciones del 9 de diciembre y 13 de abril, el país se fue sucediendo entre decisiones políticas del nuevo gobierno de carácter neoliberal que afectaron especialmente a los sectores que más protegidos se sintieron durante los gobiernos kirchneristas. Me refiero a sectores que además de adquirir más derechos en ese período, pudieron constituir una comunidad de referencia, situarse en el curso de una historia y sus acontecimientos, en definitiva, hacer posible una experiencia en la proximidad o en el junto-a-otros. Lo que se percibía en la manifestación del 13 de abril pasado, como también en aquella despedida del 9 de diciembre, era, precisamente, la comparecencia de un vínculo que en su afectividad se había hecho inmenso. CFK de alguna manera es más que una referencia de liderazgo (sustancial en cualquier forma política) y se convirtió en un nudo, en la fuerza que junta y donde solo nos reconocemos en la posibilidad de algo si es en la proximidad del otro. Hay dos dimensiones de ese acontecimiento nodal: primero, la expresión que se hizo marca de un pueblo, esto es, “la patria es el otro”; se expone con ella una hermenéutica inexorable, pues solo al abrir nuestra comprensión a un mundo con otros podemos situarnos en la pertenencia a una subjetividad; segundo, la interpelación al empoderamiento, es decir, que ese estar-juntos que somos se asuma como una potencia, como una capacidad de sí. Sobre ese anudamiento se constituye el vamos a volver materialmente expuesto y presentado en la marcha a Comodoro Py para estar-junto-a Cristina.

La manifestación del 13 de abril evocó la experiencia comunitaria y el encuentro que recorre ahora ese tiempo a venir, es decir, lo que vuelve no como un retorno, sino como la potencia (empoderamiento) de volvernos otros en el devenir de esa comunidad que nos interroga como plurales bajo la forma del somos, porque únicamente así es posible seguir marchando, y porque solamente así vamos (juntos) a (hacernos) volver.